Diario de Kalen Avanir
TE 6047, Orhan 5, día 15, por la mañana
A lo largo de la Vieja Carretera Steppe
Prevan Oriental

La mañana del quinto día de nuestro viaje desde la capital de Leathes hasta la frontera norte de las tierras de mi padre, nos dio la bienvenida con una densa niebla. Esto añadido al frío, hizo que la humedad helada trepase bajo la más gruesa de las capas de lana. Jad y yo empacamos sin palabra, algo inusual para mi habitualmente parlanchín escudero. Sabía que, en parte, su silencio era debido a sus crecientes reservas a este viaje. No podía reprochárselo; allí estábamos, dos adolescentes viajando solos por las regiones remotas del norte de Rhakhaan, y se suponía que mi escudero era el responsable de mi seguridad.

Es cierto que los lobos y los osos se aventuran a través de estos bosques, pero casi nunca atacan a las personas. Existen leyendas de extrañas criaturas: monstruos o demonios de otros mundos. Pero aunque había leído sobre ellos, y se me había asegurado su existencia a través de mis tutores (e incluso por mi madre), nunca había visto nada más exótico que una pequeña sierpe. Y eso fue en una jaula en Haalkitaine.

Supongo que un Marqués como yo podría convertirse en un buen rehén para Frelik, el aspirante a usurpador, y hemos oído rumores en los últimos pueblos sobre "hombres salvajes" de los baldíos de Zor en conflicto con las tropas Imperiales, en la frontera norte de Rhakhaan. Pero eso sucede a muchos kilómetros de aquí, estamos armados y somos diestros espadachines (Jad mucho más que yo, incluso para sus recién cumplidos dieciséis años y mis diecinueve), y si no estábamos seguros en los caminos del ducado de mi padrea allá en el gran imperio de Jaiman, ¿dónde estaremos seguros?

Este argumento siempre funcionó con mi padre el Duque, aunque mi madre no se dejaba convencer con facilidad. Finalmente, se apaciguó, pero sólo después de hacernos jurar por nuestro honor que no entraríamos en los Baldíos

· Capítulo Uno - Hacia el Norte ·

Lord Kalen Avanir y su escudero Jad Hurok caminaban codo con codo hacia el sur por la Carretera de Steppe, permitiendo que sus caballos fuesen al paso. El antiguo camino pavimentado tenía miles de años, y una vez se extendió desde la ciudad costera de Lethys en el sur hasta Verzor, la antigua capital de Zor en el norte, y más allá hasta la ciudad de Zorian de Tezra cerca del paso de Wuliris, lejos en el norte. Pero Zor ya no existía, destruido hacía tiempo por un terrible cataclismo. Más allá de la frontera de Rhakhaan/Zor, el camino estaba sin mantener, y ahora tan cubierto por la vegetación que era casi imposible de encontrar.

Pero el Imperio Rhakhaano aún es fuerte, y el Emperador mira para que la vieja carretera esté bien mantenida dentro de su reino. Quiere que sus súbditos viajen con facilidad por su imperio, para incentivar el comercio... e incrementar su propio beneficio.

Cuando un carromato tirado por un caballo se cruza con ellos camino del norte, asienten con la cabeza e intercambian saludos con la mujer de mediana edad que guía el carro. Kalen observa como clava los ojos en ellos y aparta la mirada con rapidez. Probablemente mis orejas, piensa.

Cuando ha pasado la mujer, Jad le mira y pone los ojos en blanco con una sonrisa socarrona. Han pensado lo mismo.

Rhakhaan ha sido el hogar de muchas razas, algunas más comunes que otras. Nueve de cada diez hombres son del pueblo Shay, los comunes. La nobleza está compuesta casi en exclusiva por los Laan ('Hombres Altos'), quienes tienden a ser más altos, con cabellos negros y pieles pálidas. Aún más raros son los inmortales Elfos. Mientras que las razas élficas tienen apariencias variadas, todos tienden a ser de rasgos más delicados que el de los hombres... y las orejas, que terminan en esas puntas inconfundibles. El padre de Kalen, el Duque de Prevan, era un pura sangre Laan, pero se casó con una mujer de pelo oscuro de los Elfos Loari. Sus orejas eran un poco puntiagudas; lo suficiente como para que la gente no se diese cuenta a primera vista... pero sí cuando miraban por segunda vez. Por otro lado, Jad era hijo de la hermana de la madre de Kalen. El linaje exacto del padre de Jad era incierto (y una historia por derecho propio), pero a juzgar por la apariencia del joven escudero debía ser de los Elfos Linaer.

En el momento en que Kalen y Jad intercambiaron su mirada, Kalen sintió el familiar agarrotamiento en su estómago. Jad era muy bien parecido, casi hermoso. Con su pelo dorado cortado en capelina brillando bajo el sol del atardecer, sus gráciles orejas puntiagudas, sus cejas alzadas sobre sus ojos azules, sus labios llenos y su nariz juvenil apuntando hacia arriba, era increíblemente bello. Por otro lado, Kalen siempre pensaba que era algo desmañado. Había heredado la nariz y los ojos grises de su padre, y su pelo era marrón oscuro y enredado. Jad parecía poseer la legendaria fuerza física de los Elfos en combate y la gracia en la pista de baile, mientras que Kalen siempre perseguía esas metas lleno de frustración.

¿Estaba celoso de su primo? Pensaba que no, al menos no lo suficiente como para sentir rencor. Pero era incapaz de entender porqué, de algún modo, la sonrisa de Jad le provocaba emociones que no comprendía.

Parece como si nunca hubiese visto a una pareja de chavales cabalgando por el camino." Dijo Jad lo suficientemente alto como para que le oyese la mujer que acababa de sobrepasarles.

"No te burles de la pobre mujer." Dijo Kalen algo más bajito. "Sólo por nuestras ropas debe saber que pertenecemos a la nobleza. Seguro que se ha fijado en eso."

"Sabes que no ha estado mirando nuestras túnicas." Jad irguió una ceja a Kalen mientras se daba un golpecito en la punta de una de sus orejas.

"La gente siente curiosidad por los Elfos." Suspiró Kalen. En la actualidad, la mayoría de los mortales miran a los Elfos con una mezcla de celos y suspicacia.

"¡No somos Trolls o algo parecido! ¡Somos personas!" Exclamó Jad.

"No para ellos, ya que les resultamos exóticos y extraños".

"Casi prefiero cuando sólo se quedan mirando fijamente; es más honesto que los nobles de la corte que hacen el gesto de levantar la mirada, excepto cuando creen que no nos damos cuenta."

"Bien, las jóvenes doncellas de la corte te miran, pero creo que es por otra razón" Kalen no puede resistir la tentación de tomar el pelo a su primo.

"¡No es así!" la cara de Jad enrojece. "Bueno, ¡a ti también te observan!"

"Sólo resulto interesante porque soy el heredero del ducado. Tú, en cambio, les haces desvanecerse en los pasillos." Presiona Kaled. Lo ha hecho anteriormente, y siempre se siente algo culpable más tarde. Pero coge confianza con la respuesta inevitable de Jad.

"Bueno, pues no les presto atención. No estoy interesado. Soy tu Escudero y lo seré tanto tiempo como quieras." Las cejas de Jad está fruncidas, en sintonía con la intensa convicción de su voz.

"Gracias, primo mío." Masculla Kalen con una sonrisa afligida. Un día... un día la amistad dejará paso al amor, y entonces Jad lo dejará por una mujer.

Pero no será hoy.


Randae Terisonen está de pie delante de la ventana de su salón, haciendo girar ociosamente los posos del vino de su copa. Se ha pasado toda la tarde de invierno mirando los grandes copos de nieve caer, añadiéndose a la ya blanca capa que cubre su hacienda; y la mayoría de Tanara. "¿Qué vamos a hacer?" No tiene necesidad de mirar a los otros tres ocupantes de la sala para saber que todos tienen el ceño fruncido, y que ninguno cruza su mirada con la del resto. Randae sigue dando vueltas. Los hilos dorados urdidos en su hermosa túnica de terciopelo rojo brillan a la luz del fuego.

T'vaar Dekdarion, el Señor Iylar/Dúranak y miembro del Alto Concilio de los Señores del Saber, sigue repantigado en el sofá. Incluso reclinado posee una presencia imponente, su musculoso cuerpo enfundado en unos calzones de cuero negro y una túnica sin mangas de seda. Los brazales de cuero claveteados no estaban sólo para aparentar. T'vaar era un monje guerrero sin igual. Completando su intimidante imagen, T'vaar llevaba el pelo corto, perlado de blando y en punta a la manera Dúranaki.

Después de un suspiro, T'vaar habla. "Como bien sabéis, el Concilio es reticente a interferir de manera directa..."

Ren Thraysk puso los ojos en blanco. "O sea que crear esas seis coronas mágicas y dividirlas entre los reyes de Jaiman no es interferir directamente" dice un Señor del Saber mucho más joven que Randae o T'vaar; no obstante parece más viejo, su sangre mortal le ha hecho envejecer.

"Dos errores no crean un acierto." Dice T'vaar con voz monocorde. "Ahora sabemos que estas intervenciones directas crean más problemas de los que resuelven."

Ren bufa. "¿Entonces tendremos que quedarnos sentados y ver como todo se derrumba?"

"El Concilio está sopesando las opciones, más de lo que puedo imaginar." Dice T'vaar, mientras se frota sus cansados ojos.

Channi Ysandra, otro Señor del Saber, pero la única hembra del grupo, aparta sus pelos rojos castaño de su cara y mira con atención su propia copa de cristal llena de vino. Ha escuchado variaciones de esta discusión muchas veces antes, y eso que es el miembro más joven de la orden presente. "¿Qué crees que debemos hacer, Randae?", pregunta quedamente en el silencio de la sala.

"Hay montones de cosas que creo deberíamos hacer," Randae se gira y camina hacia la chimenea. El calor es reconfortante en un día frío y gris como este. "Sabemos que un Señor de la Aesencia ha conseguido de algún modo recuperar un artefacto que todos creíamos destruido hace muchísimo tiempo, y que hace ocho años usó ese artefacto, la Piedra Sombría, para intentar destruir el Ojo de Utha del Norte, y que casi tuvo éxito. Incluso aún no sabemos con seguridad que pudo pasar si hubiese tenido éxito, pero que de alguna manera los Ojos filtran y moderan la energía mágica en bruto que cubre Kulthea. Una teoría segura es que las consecuencias hubiesen sido devastadoras para todo nuestro mundo. Nuestra primera prioridad debe ser encontrar una manera de evitar que lleve a cabo su loco plan, a pesar de la reluctancia del concilio a no interferir'. Si logra destruir los Ojos no habrá nada más con lo que poder interferir.

"A pesar de los otros temas, estoy más inclinado a coincidir con T'vaar; necesitamos actuar con mucho cuidado".

"Me gusta que estés considerando adherirte a las reglas que has prometido obedecer." El comentario de T'vaar está cargado de sarcasmo.

"Ya sabes que estoy de acuerdo con el Señor de la Aesencia."

Dekdarion suspira. "Sí, y el resto del Concilio sabe que se debe hacer algo, pero no sabemos el qué. Y... somos reluctantes a mostrarnos ante él. Es obvio que su poder es enorme. Necesitamos encontrar una defensa efectiva y un arma para usar contra el enemigo antes de que nos golpee, o será mejor que nos lancemos contra nuestros kynacs ahora mismo."

"Aprecio tu candor." sonríe Randae malintencionadamente. "Supongo que tu investigación no ha dado con nada útil aún, ¿verdad?".

El monje guerrero encogió sus enormes hombros. "El último poseedor de la Piedra Sombría fue muerto por otro Señor de la Aesencia que esgrimía un arma llamada 'Espada de Almas', que supongo fue destruía en el cataclismo que terminó con el reinado de los Señores hace miles de años."

"Por lo menos es un comienzo." Dijo Randae encogiendo las cejas pensativamente.

"¿Qué hay de ese 'Círculo Secreto' en Emer?" Pinchó Channi.

"¿Y de la guerra civil en Rhakhaan?" Pidió Ren.

"O de los rumores sobre avistamiento del Señor de las Nubes", añadió Channi.

"Cada crisis a su tiempo." Dijo T'vaar estirándose y sacudiéndose, volviendo a mirar a Randae. "Hablaré con T'revor sobre lo que estamos discutiendo, pero ya sabes que es... impredecible".

"Aprecio todo lo que puedas hacer. La situación aquí en Tanara se está volviendo insostenible." Asintió Randae.

"Tengo que irme." T'vaar inclinó la cabeza antes los otros, se levantó y permaneció inmóvil un momento, dirigiendo la mirada más allá de la visión de la mayoría. Entonces, levantó su brazo frente su pecho en un movimiento vertical, como si fuese un hacha. Su cuerpo fue envuelto con un aura brillante y de color violeta-azul, y un momento después (con un poco de viento que hizo bailar las llamas de las velas) desapareció.

"Channi, supongo que debí contártelo", dijo Randae llenando su copa con una botella cercana de merlot de Danarchis, "Tengo la situación de los Señores de las Nubes bajo control. ¿Más vino?" dijo sosteniendo la botella invitadoramente antes los otros dos invitados.

Ren se levantó y acercó su vaso, casi como si estuviese ante un altar. "¿Y qué hay sobre la guerra, Randae? ¿Qué podemos hacer? ¿Y con Helyssa? He oído que el Sacerdote de la No-Vida está trabajando allí."

Randae suspiró. "He preguntado al Concilio sobre esos temas. Están al tanto de la situación en Helyssa, y han enviado a unos pocos Señores del Saber a investigar. Sobre la situación con Frelik... ya sabes que el Concilio no tiene estómago para interferir en temas de sucesiones, especialmente en lo que concierne a las Coronas. A menos que haya evidencias sobre agentes del Viento Férreo, dudo mucho que nos autoricen para intervenir."

"Pero una guerra civil..." Murmuró Channi, mirando el centro del fuego de la chimenea.

"Por lo menos no hemos visto al Mago Blanco recientemente.", aventuró Ren.

"No me sorprendería saber que se ha aliado con la No-Vida."

Randae alzó sus cejas. "Uno no se 'alía' con la No-Vida, al menos no durante demasiado tiempo, ya lo sabes. Uno puede ser su enemigo o su siervo, y no creo que el Mago Blanco sea su sirviente. Y aunque sea su enemigo, no es nuestro amigo. Existen otros seres malignos en el mundo. Quizá menores, pero no por ello dejan de ser malignos." Randae hizo una pausa, tomó aliento y preguntó de sopetón. "Hablando del mal, ¿qué sabemos sobre el Archiprelado de Purll Kirn, ese 'Osaran'? Tu último informe lo mencionaba. Y nuestro amigo Vigilante de la Verdad, Jorun, parece que lo quiere un poco menos que tú".

"Es una pena que no podamos persuadir a Jorun o a su congregación de Itanis de que nos ayuden más activamente.", murmuró Ren. "Pero comprendo sus motivos. Es leal a su gente, y su supervivencia depende de la reputación de objetividad y neutralidad de los Vigilantes de Verdad".

Randae asintió. "Eso es. Y creo que nos ayudará más si se mantiene en esa posición. Ninguna palabra es más creída en Emer o Jaiman que la de los Vigilantes de la Verdad de Itanian. Incluso nosotros, los Señores del Saber, somos observados a veces con suspicacias; probablemente porque nadie cree que vayamos a dar algo a cambio de nada. Pero los Nefandos han comerciado con sus impresionantes habilidades mentales y su neutralidad; los reyes pagan con gusto por los servicios de un Vigilante de la Verdad, y nosotros no perdemos nada. Los Señores del Saber no tenemos nada que ocultar, mientras que la No-Vida prospera gracias a las mentiras y el engaño. Ren, sé que te gusta este Jorun, pero te advierto que permanezcas frío con respecto a él en las reuniones del concilio. No queremos poner en peligro su valor delante de cualquier consejero con un poco de vista".

"Mensaje recibido." Asintió Ren. Aunque estaba en desacuerdo con Randae en muchos temas, en otros no tenía argumentos para no estarlo. Y tenía que admitir que este era uno de esos casos. Ren necesitaba ser cauteloso para no aparentar estar demasiado vinculado con el Vigilante de la Verdad enfrente del Rey y los Señores de Rhakhaan, o el valor de ambos podía disminuir.

Nadie en la sala se ha dado cuenta de que la conversación se ha apartado del Archiprelado de Purll Kirn.

"Bien, si no hay nada más, supongo que podré regresar a Haalkitaine. Los nobles necesitan que los cuiden." Ren se levantó y dejó su vaso de vino en la mesa. Sus relucientes dedos metálicos repiquetearon rítmicamente sobre el cristal como delicadas patas metálicas de araña antes de soltarlo. Unas palabras musitadas y desapareció en medio de un resplandor de luz.

"Y yo también vuelvo a mi casa.", dijo Channi levantándose también.

"Muy bien, creo que ya está todo." Randae llamó mentalmente a su ayuda de cámara Sulini, pidiéndole que le trajera la capa de Channi. Janas volvió un minuto más tarde con el abrigo de piel gruesa. Randae la cogió y la puso sobre los hombros de Channi. "Ten cuidado" le dijo amablemente.

Ella sonrió tímidamente, le hizo una reverencia con la cabeza y se apartó. Movió los dedos y cerró los ojos unos segundos conforme un halo de luz la envolvía lentamente. Entonces el halo disminuyó de intensidad y desapareció con ella unos pocos latidos más tarde.

Randae se dirigió a su ayuda de cámara. "Esto será todo por esta noche, Janas, por favor, cierra con llave la primera planta. Gracias, como siempre."

"Un placer, Señor Randae." dijo Janas inclinándose respetuosamente. Mientras su fiel sirviente comenzaba a bajar los cerrojos que cerraban las placas de metal que protegían las ventanas, Randae dejó la sala de estar y entró en el salón principal, cerrando la puerta detrás de él. Caminó hasta el centro de la habitación y se paró encima del dibujo de mármol de una brújula que había en el suelo. El Bardo cantó una serie de notas, y un momento más tarde, acompañado por el sonido del rechinar una piedra, la sección central del suelo comenzó a descender. Cuando ésta se paró un minuto más tarde estaba muy abajo en el subsuelo, con un pasadizo abriéndose delante de él. El Señor del Saber entró y el suelo comenzó a subir otra vez para ocultar la entrada secreta. Lanzando un hechizo de Luz, Randae se internó por la húmeda galería, pasó diversas defensas mágicas, y descendió unas escaleras, hasta llegar a una puerta cerrada.

Nada como una buena cerradura mecánica, musitó mientras sacaba una llave muy complicada de uno de sus bolsillos. Sin embargo, antes de insertarla en la cerradura, la deslizó en una abertura casi imperceptible que había entre dos piedras del muro. Dos vueltas en sentido de las agujas del reloj y la sacó de allí. Detrás de la puerta Randae oyó el sonido de unas poleas y unos cables funcionando. Siete placas metálicas que cubrían las sietes paredes de la cámara interior comenzaron a elevarse lentamente hasta desaparecer de la vista. Y no de un metal cualquiera. Eran de Kregora, una aleación especial que bloqueaba completamente cualquier uso de la Esencia. Y esto era más que suficiente para ocultar la detección del objeto que descansaba dentro de la sala.

El 'clic' esperado le dijo al Señor del Saber que las placas protectoras estaban en su lugar correcto. Insertó la llave en la cerradura de la puerta, la giró en dirección contraria a la de las agujas del reloj (nunca en la otra dirección en esta puerta), haciendo que la vieja barrera de hierro se abriera.

La habitación era pequeña pero cómoda. Las siete paredes estaban cubiertas de tapices (no sólo decorativos, sino que ocultaban las pantallas de Kregora), la piedra del suelo cubierta con una alfombra gruesa. En el centro de la sala había una mesa redonda de roca y una gran silla enfrente. Sobre la mesa, iluminando la habitación con una luz azul verdosa, descansaba una esfera perfecta de cristal.

Randae cerró la puerta y se enfrentó al orbe. "Aún sin casi opciones, esto es lo mejor". Murmuró para sí mismo. Entonces, con miedo que si esperaba demasiado perdería sus nervios, tomó rápidamente asiento. Acercó sus manos al luminoso cristal (pero no demasiado), y se acercó hacia ella. "Y ahora, mi querido Ilarsír, necesito respuestas...".