Después de una buena cena de estofado, queso y un delicioso y caliente pan de 'La Perca Azul' en el pueblo de Echolshyre, montamos y enfilamos hacia el norte por la gastada Carretera de Steppe, los últimos kilometros antes de la vieja frontera de Rhakhaan.
Los árboles están bien recortados y mantenidos a ambos lados lejos del camino pavimentado para disuadir a los ladrones y sus emboscadas, pero como estamos tan cerca del final del reino y el tráfico es casi inexistente, en los bordes del camino comienza a abundar el sotomonte.
Vimos las estátuas gemelas por encima de las copas de los árboles por lo que
supusimos que quizá nos quedaban unos doscientos metros de camino.
Había leído que los 'Guardianes de la Encrucijada', que vigilan la frontera
entre Rhakhaan y Zor eran impresionantes, pero no estaba preparado para la
realidad de esos monumentos gemelos. La carretera tiene unos buenos 10
metros de ancho... y éstos tienen como mínimo el doble de altura; unas diez
veces mi estatura. Nos miraban amenazadoramente: dos Grifos de piedra
idénticos sentados como monstruosos leones sobre sus cuartos traseros, pero
con sus alas de águila plegadas hacia atrás y con su pico abierto. He leído
que en los viejos tiempos había centinelas apostados dentro de las estátuas
y que lanzaban fuego por los ojos. Ahora esos ojos parecen pozos de
oscuridad. En ese momento sentí un escalofrío corriendo por mi espina
dorsal, y no de frío.
"¿También lo has sentido?" susurró Jad, acercándose.El aliento caliente del primo de Kalen en sus orejas.
"Sí, algo parecido. No sé qué, pero es... como eso." Kalen mira al norte... a través de los Guardianes.
"Maldeciremos a tu padre el que no podamos pasar más allá de la frontera de los Baldíos".
"Bien... si no podemos pasar entre los Guardianes, la frontera es, por lo menos, incierta." Kalen estaba quitando hierro al asunto. "Vamos, sólo tenemos unos cuantos caminos a través de los árboles. Parece que aquí comienza un sendero que sigue hacia el norte, quizá podamos obtener una vista."
Además del terreno escraboso, había muchas malezas espinosas y otras coníferas que les ayudaban a ocultarse. Una vez fuera del camino, los chicos ataron sus monturas a un tronco, y se internaron entre los matorrales y las rocas diseminadas, moviéndose tan lentamente como les era posible. Kalen mantenía a los Guardianes a la vista, justo sobre su hombro izquierdo. Su sensación de incomodidad aumentaba conforme se acercaban, aun acrecentada por la curiosidad.
Una pequeña elevación escarpada apareció unos pocos pasos delante,
proporcionándoles una vista de las tierras del norte.
Era una visión sombría. Algunos árboles y arbustos atrofiados se aferrbaan a
la cornisa de la colina debajo de ellos, pero más allá se extendía una basta
planicie árida. Sólo unos afloramientos de una roca
roja estriada esculpidos por el viento interrumpía la extensión sin vida y ocre de la llanura que se extendía hacia el norte hasta el horizonte. La Carretera de Steppe ondulaba
hacia abajo en una amplia curva en 'S', para desvanecerse bajo la cambiante
arena, quizá kilómetro y medio más adelante.
Pero había algo en la ladera de la colina a unos 30 metros de ellos que llamó inmediatamente la atención de Kalen y Jad: en un saliente rocoso al lado del camino, parcialmente escondidos debajo de un pino retorcido, estaban cuatro hombres y un caballo. Uno de ellos estaba envuelto en una capa con capucha del color de la tierra yerma y llevaba las riendas del caballo en la mano. Los otros tres parecían arrodillados o agachados ante el jinete, y estaban ataviados con harapos sucios y andrajosos. Kalen podía oir al hombre que esta de pie hablando con voz ruda, pero no podía distinguir las palabras. Los tres enfrete de él hicieron una genuflexión al unísono y comenzaron a retirarse; entonces se vió un movimiento en un árbol cerca de los chicos, y un gran buho se lanzó hacia el jinete. Éste miró hacia arriba, levantó el brazo, y el búho se posó en el antebrazo sobre un guantelete.
"¡Un búho amaestrado!" susurró Jad.
"¡Calla!", dijo Kalen sujentado fuertemente el hombro de su primo.
Pero las cabezas del hombre y del ave se volvieron a la vez, fijando su mirada en el lugar donde estaban. Durante un momento las atención se fijó en ellos, quietos como si escucharan. Entonces de repente el hombre lanzó al aire al búho y ladró una órden; algo en un lenguaje tosco que Kalen no entendió. Los tres hombres acuclillados se volvieron y comenzaron a trepar por la cuesta hacia Kalen y Jad, ayudándose de pies y manos.
"Por los Dioses", murmuró Jad.
"¡Salgamos de aquí!". Kaled retrocedió del borde, arrastrándo a su primo. Se pusieron en pie y corrieron. Ahora no había posibilidad de ocultarse: evidentemente les habían descubierto. El sotomonte que les había servido hacía un momento de cobertura, ahora era un estorbo. Hojas espinosas se enredaban en sus ropas. Las hojas de pino acuchillaban sus desnudas manos y arañaban sus caras. En un momento de pánico Kalen pensó que debían correr hacia sus caballos ocultos en el crepúsculo del bosque, pero Jad derivó hacia esa dirección sin decírselo y un momento después llegaron al lado de sus monturas, que los esperaban. Con manos temblorosas y sudorosas Kalen desató las bridas y saltó a la silla de montar.
Jad ya estaba montado sobre Barron, comprobando que su primo estaba listo para huir. "¿Debemos regresar por el camino?"
"Creo que será más seguro que adentrarse en lo desconocido; podremos ir mucho más rápido y seremos los únicos jinetes sobre el camino."
"Por lo que sabemos". Jad arqueó sus cejas, pero urgió a su caballo hacia la carretera.
Kalen seguía mirando sobre su hombro, esperando ver a los extraños hombres escondiéndose detrás de cada árbol, pero no había señales de la persecución. Llegaron al camino sin incidentes, y respiraron con alivio mientras las pezuñas de los caballos resonaban sobre el pavimento de piedra, aunque sólo duró un momento.
"Kalen. Hay algo moviendose detrás de los Vigilantes." Jad estaba puesto casi de espaldas en la silla, forzando incluso su visión élfica para distinguir las formas de unas sombras en las estátuas de piedra.
"¿Se están acercándo?" La voz de Kalen era dura. Hizo que su caballo fuese al trote y Jad hizo lo mismo. Consideró un momento el cordar su arco pero decidió que lo mejor era dejar atrás a sus perseguidores.
"No, pero creo que nos están viendo. Sólo los tres a pie. No veo al jinete."
Las nubes habían precipitado la noche cerrada. No vieron más señales de los observadores o del jinete, aunque Kalen esperaba que en cualquier momento saliera de entre los árboles y les atacara.
Era cerca de medianoche cuando llegaron otra vez a Echolshyre, y tuvieron
que convencer a un cauteloso guardia de la puerta de que les dejaran entrar.
Afortunadamente, la Perca Azul no cerraba por la noche. Kalen dejó que Jad
llevara los caballos al establo mientras él buscaba al tabernero y
alquilaba una habitación. Después de los sucesos de la tarde (por no
mencionar las últimas noches que habían pasado acampando a la intemperie)
Kalen quería dormir en una habitación de verdad, con puerta y cerradura. Le
entregaron su llave y se fue a la habitación común para esperar a su primo.
Aún quedaban algunos parroquianos reunidos alrededor del moribundo fuego de
una chimenea, hablando en voz baja. Kales se sentó en la otra punta del bar
y pidió una cerveza para tranquilizar sus nervios.
Aparentemente lo necistaba, ya que cuando cuando sintió posarse una mano en
su hombro saltó de su asiento.
"El mozo de cuadras no parecía demasiado contento de coger a dos caballos sudados a estas horas" Jad se sentó a horcajadas en una silla cercana a su primo con una risa.
"Por todos los dioses, Jad, ¡me has asustado!" dijo Kalen en voz queda y colérica, sintiéndose tonto por estar tan nervioso.
"Lo siento." Jad parecía embarazado. "Lo comprendo; aún me siento como si nos estuvieran observando." Con un gesto pidió una cerveza al camarero.
"No solemos tener demasiadas visitas de los de alta cuna aquí cerca de la frontera," El joven de detrás de la barra colocó una cerveza delante de Jad con una inclinación de cabeza. "Y rarámente nos vemos honrados con la visita de la raza antigua. ¿De dónde son, señores? ¿Haalkitaine, o quizá de más al sur, de Lethys?"
Kalen sintió su habitual inclinación a no hablar con extranjeros. También se estaba preguntando si el camarero no se estaría burlando de ellos, aunque había detectado un tono de respeto cuando se refirió a ellos como "de la raza antigua". Fue sólo entonces cuando miró con más atención a su escanciador de bebida. Era alto y delgado, con el pelo negro y la piel clara; no era el típico Shay de pueblo. Y sus orejas parecían incluso un poco puntiagudas, no como las de Kalen, sólo un poco menos pronunciadas.
Jad, al contrario que su primo, siempre tenía la lengua preparada. "No, somos de Leathes, de Prevan."
"Ah, sí, ahora que oigo mejor su acento local." El hombre asintió. "Me llaman Saen por aquí. Como habreís podido observar, yo tampoco soy del lugar, pero es una larga historia".
"Encantado de conocerte" Dijo Kalen. Por alguna razón se sintió inclinado a confiar en el camarero. "Soy Kalen y este es mi primo Jad".
Saen arqueó sus cejas y preguntó con voz débil, "Pérdoneme si le pregunto, y si no es de mi incunvencia siéntase libre de decírmelo, pero ¿es pariente del Duque?"
Los amplios ojos de Kalen le habían dicho en apariencia al camarero todo lo que quería saber, ya que el hombre inclinó respetuosamente la cabeza ante él. Entonces Saen añadió, aún en voz baja:
"Me lo había imaginado, y no sólo por sus ropas. Todos saben que el Duque tiene una esposa Elfa. Tengo que decirles que hacen bien de pasar sus noches a buen cobijo en esta región, señores; la Frontera no es segura desde que los ejércitos del Pretendiente comenzaron a moverse. Y los pastores de la zona se quejan de que los lobos de los Baldíos atacan a sus rebaños, sin mencionar los rumores sobre hechos extraños que están sucediendo."
"¿Cómo de extraños?", inquirió Jad, deslizando hasta la mesa la jarra casi vacía.
El camarero les trajo otra ronda de bebidas. "Pequeñas cosas casi siempre. Gente que vive por los alrededores dicen haber visto a personas que visten raro y actúan de forma extraña en la carretera los últimos meses, luces en el norte, sólo presentimientos extraños. Nada sobre lo que podamos estar seguros, me entienden ¿verdad? La gente dice que el Pretendiente ha levantado a los no-muertos desde Zor para patrullar la frontera."
"¡Aquí no hay cosas como los no-muertos!" dijo Kalen poniendo en blanco sus ojos.
"Si usted lo dice, mi Señor" Saen se encogió de hombros y medio sonrió.
Esta vez Kalen pensó que el tabernero se estaba mofando de él.
Entonces Jad soltó de golpe "¿Y nada sobre buhos?"
Ahora Saen se traicionó con una expresión de conmoción. Giró la cabeza y murmuró:
"Creo que los señores serán lo suficientemente sabios como para volver a Leathes lo más pronto posible. La Frontera del Norte es peligrosa".
Jad insistió con su pregunta. ¿Qué sabes sobre los buhos?"
"Los buhos son espías. ¡No sé nada más! Cuando suban a sus habitaciones, ¡cierran la puerta con llave y la ventana" Entonces Saen se metió en su cocina rápidamente.
"¡Bien!" Dijo Jad con un suspiro, encogió los hombros y tomó un trago largo de su jarra.
"Al final lo has asustado de verdad" Masculló Kalen sobre su cerveza.
Kalen se sintió aliviado en secreto al descubrir que su habitación estaba en la tercera planta de la posada, y se sintió aún mejor cuando cerró la puerta y Jad bajó las persianas de la ventana. El fuego de la chimenea aún brillaba con potencia, y Jad comenzó a calentar agua para tener algo con lo que lavarse que no estuviese helado.
Kalen comenzó a desempacar sus bolsas. "Si nos quedamos otro día, podremos tener las ropas limpias y planchadas como dios manda" Murmuró, desenrrolando su camiseta menos usada.
"Si con eso quieres decir que la golpearán, machacarán y retorcerán hasta la muerte, entonces tienes razón. Pero yo preferiría esperar hasta regresar a nuestro hogar y confiar en nuestros preciados lavanderos para hacer el trabajo." Dijo Jad, tirándose en la cama. "¡Oh, dioses benditos!" exclamó de manera aprobadora.
"¡Nunca oí hablar de unahombre que se preocupase tanto por su ropa!" Meneó Kalen su cabeza. "Cuando se desgaste necesitaremos ropa nueva, ¡si no pareceremos pobres campesinos!" Se sentó en la cama, cerca de su primo y comenzó a quitarse las botas.
"No me gustaría ver como golpean mi túnica favorita sobre una roca." dijo Jad frunciendo el gesto. "Aunque tengo que decirte que estoy encantado de dormir en una cama, mi Señor. Sería de agradecer un baño de verdad."
"¡Te has echado a perder!" rió Kalen "Sabes que la mayoría de la gente se baña una vez al mes."
"¡Como bien se ha dado cuenta mi delicada nariz elfa, muchas gracias! ¡Peste de mortales! Estoy maravillado de que no hayas hererado ese desagradable rasgo."
Kalen paró de sacarse las botas y miró a su primo por encima del hombro. "¿Y qué rasgos desagradables he hererado según tú, escudero?" preguntó friamente.
Jad enrojeció. "Kalen, sabes que no significa eso. Sólo estaba diciendo..." Su voz decayó hasta que vió la expresión de burla que cruzó la cara de Kalen.
"¡Ja¡ ¡Te pillé!" Kalen empujó con un dedo el pecho de su primo.
"Sí, lo has hecho." Jad se levantó y metió la mano en el cazo. "Lo siento mucho, mi Señor, he sido irrespetuoso." murmuró.
"Te estaba tomando el pelo, Jad, ya sé que no querías decir nada por el estilo. No te enfades." Ahora Kalen se sentía culpable de haber herido los sentimientos de su mejor amigo.
Le tomó completamente de sorpresa cuando Jad se volvió y se subió a la cama, saltándo. "¡Te la he devuelto! ¡Ja, ja, ja!" El joven elfo rió nerviosamente y rodó sobre su espalda. "¡No me puedo creer que te cace siempre! ¡Es demasiado fácil!"
"Me conoces demasiado bien" Dijo Kalen quedamente, y se volvió, sus labios curvados en una tímida sonrisa.
Mientras los chicos dormían seguros en la posada, abrazados para entrar en calor en su cama de plumas, el Jinete que habían encontrado ese día esperaba en una colina a las afueras de Echolshyre. Estaba recostado contra un viejo roble, ensombrecido incluso con la oscura luz de La Hoz de Orham, a través de las nubes desilachadas. Las hojas muertas del árbol se inclinaban bajo el frío viento, pero no había ningún otro sonido, hasta que su buho emitió un grito de alarma.
"Por lo menos tu familiar sigue vigilando, Hegon." Habló una voz cantarina cerca de él.
La espada de Hegon ya estaba en sus manos. "Te oí hace unos buenos metros, sacerdote."
"Lo dudo." La voz suave, casi musical habló desde el aire. "Los Mensajeros no fueron contratados por sus agudos sentidos. Aunque he oído que ciertos pájaros pueden ver incluso la invisibilidad. Por cierto que los murciélagos sí pueden." El aire onduló delante de Hegon, y un elfo de ropajes grises apareció mientras retiraba su capucha hacia sus hombros. "¿Por qué me has llamado a este apartado lugar?"
"Me dijiste que te llamase cuando viese algo inusual. Sentí dos presencias extrañas en los límites de las tierras del Señor esta tarde. Se retiraron hasta este pueblo. Llevaban ropas de calidad, probablemente de la nobleza".
El Elfo cerró sus ojos. "Sí, los noto." Sangre élfica y cierto poder de la Aesencia. Fácilmente detectable entre el gentío de estos lares. Su precesncia es evidente. Me sorprende que no nos hubiesemos dado cuenta antes. Has hecho bien, Hegon."
El Mensajero de Ulkaya inclinó su cabeza por un momento. "Sirvo a nuestro Señor Osaran, Barón de Zor."
"Como todos nosotros." Sebis, el Sacerdote de Arnak hizo un ademán precipitado en respuesta, se volvió otra vez hacia el pueblo, su cara con una expresión de hambre.
Y hay algo más interesante... creo que es... sí... un Señor del Saber. Sin experiencia, vulnerable. Pensaba Sebis, alcanzando la mente de Saen.
"¿Que haremos, sacerdote?"
La cabeza de Sebis se giró con un crujido y levantó una ceja. "No es de tu incumbencia. Tu deber ha finalizado aquí".
El Mensajero salió de las sombras, revelando la figura de una hombre, alto y de constitución poderosa, probablemente de herencia Laan. No era mal parecido, pero su cara estaba llena de cráteres. "Espero una recompensa. El menos valioso de ellos. El más joven."
"Ah", Sebis asintió, con una sonrisa en sus labios. "El más joven. ¿El elfo Linaer?"
Hegon asintió y le miró de soslayo, mostrando su grandes dientes blancos.
"Estás sobrepasando tus atribuciones". Escupió el Sacerdote, su voz llena de desprecio de repente mientras su sonrisa se desvanecía. "Son más de lo que puedes imaginar, ¡y tu presunción sólo se merece castigo" Sebis levantó una mano, la palma hacia el mensajero. "¡Krayka!", dijo con voz baja pero resonante, y una luz rojiza iluminó sus largos dedos.
Hegon se dobló con un gemido quedo mientras la Palabra de Dolor ponía al rojo vivo sus nervios.
"Loco." murmuró Sebis. "Cuando hayas recuperado tu cerebro y aprendido un poco de humildad, vuelve a tus patrullas sobre el Baldío. Me encargaré personalmente de la vigilancia de estos elfos." Se puso la capucha sobre la cabeza y desapareció, dejando a Hegon retorciéndose en el frío y duro suelo.